Alex Droppelmann Petrinovic

Psicoanalista – Psicólogo Clínico

Artículo del mes

LA DELGADEZ DE VIRGINIA, UNA PUNTADA EN LO REAL DEL GOCE

 Epígrafe

Esperemos la muerte

En vez de esperar la vida

¿Se trata de vivir para morir

O de vivir para vivir

O talvez de morir para vivir?

¿Y si fuera morir para morir?[1]

 Después de un epígrafe algunas reflexiones respecto de la pulsión y su presentación siempre binaria, ya desde Freud, desde los inicios se piensa en par, entre las pulsiones del yo o de autoconservación y las pulsiones sexuales. Más tarde Eros y Tanatos. Pulsiones de vida que incluyen tanto las pulsiones del yo como las sexuales y las pulsiones de muerte. Dos modos de la pulsión, dos modos que remiten a dos operaciones del Goce. Por un lado el Goce fálico , por el otro lado el Goce femenino. El Goce de la mujer como el Otro Goce. Juego de consistencias e inconsistencias.

Concepción binaria que remite a una función de alternancia entre ligadura y desligadura. Desde esa mirada la pulsión de muerte sólo tiene un papel restitutivo dónde paradojalmente agota su pulsar en una función homeostática que silencia el pulsar de la pulsión.

“Parece una fábula

que ya me aprendí

sueño de tomar

y de desasir.

Y es mi patria  donde

Vivir y morir”[2]

“No tengo sólo un Ángel

con ala estremecida:

me mecen como al mar

mecen las dos orillas

el Ángel que da el gozo

y el que da la agonía,

el de las alas tremolantes

y el de las alas fijas”[3]

Monique David Menard refería en una visita a Chile que había algo de perverso en la pulsión, en esto de reiniciar en el antagonismo de eros y tanatos algo de la perpetuidad de un movimiento. Habia una cierta terquedad, que podríamos llamar insistencia, en esto de pulsar a partir del encuentro de la pulsión con un objeto irremediablemente perdido. Imposibilidad que hace del circuito una permanente maniobra renegatoria de pulsar hacia un lugar dónde eso no se completa.

Al modo del cuento de Kafka la pulsión organiza una romería a la casa del gobernador para solicitar una petición que se sabe de antemano ha de ser denegada. De ese modo la garantía de la romería permanece año a año permanentemente garantida. Juego perverso de idas y venidas donde se generan las garantías del pulsar de la pulsión.

Controversias a la que la pulsión convoca cuando adscribe a la problemática del Goce.

Si de la conservación o del principio del placer, si de más allá del principio del  placer. Si del Goce fálico o del Otro Goce se trata.

Al decir de Jorge Manrique “la muerte anda revuelta con mi vida”.

¿Y si al decir del epigrafe la pulsión fuera moneda de una sóla cara? ¿Si sólo de muerte se trata?

Mi propuesta, más propiamente mi apuesta dice que no se trata de perversión, sólo se trata de muerte. No se trata de dos, sólo de uno. La pulsión de ese modo se puede pensar  desde la letalidad del corte a que ella convoca.

Así la pulsión en tanto pulso puede pensarse como mera repetición. Así no vamos de ida y vuelta perversamente sino más bien de corte en corte mortíferamente. Además si lo pensamos en relación a la fusión o desfusión del Goce se trataría de Goce mortífero, del Otro Goce y no del Goce fálico.

“…estoy queriendo la vida y deseando la muerte”.[4]

Podemos decir que “al final gana la muerte”.

El pulso como mera interrupción, como intervalo, como agalma, como vacío, como objeto (a), como pulso de una repetición inconciente de la letra descarnada, en la esencia de su desligadura. Letra desnuda.

La pulsión como un Acto de Goce en  el puro vacío. Goce de expiración por ello de muerte.

La muerte, la pulsión de muerte no tiene vuelta. Es siempre de ida hacia la muerte. La pulsión entonces se presenta como un acto de puro vaciamiento.

Intuición soportada en la palabra poética que al fin y al cabo siempre es mística en lo que de fugaz se juega en todo misticismo.

“Vivo sin vivir en mí

y tan alta vida espero

que muero porque no muero.

……………………………………..

Oye, mi dios, lo que digo,

Que esta vida no la quiero;

Que muero porque no muero.”[5]

Propuesta inconsistente que propone pensar el Otro Goce como la puesta en Acto de una repetición, donde el inconciente insiste en la pulsión de muerte a partir del corte que hiende la consistencia del Goce fálico.

Propuesta que intentaremos sostener en la viñeta de un caso clínico que expresamente no nominaremos de anorexia sino más bien de delgadez, como la marca de inscripción en lo real del cuerpo de un borde de inconsistencia que propicia la instalación de un Acto deseante.

 Relación unaria, de la resta, juego de pulsos de pura inconsistencia que en el borde significante de una delgadez, en la filigrana de una línea dónde la inconsistencia pulsa por configurar el feble paréntesis de un vacío, el caso de Virginia y/o Vicky intenta dar cuenta clínicamente de las vicisitudes de los conceptos que se han debatido con anterioridad.

Virginia que se hace llamar Vicky afectada de una profunda delgadez relata en los inicios de las entrevistas que hace más o menos cuatro años la aqueja una profunda depresión. Ella dice no tener deseos de nada y que por ello no come casi nada y de allí su delgadez. De la delgadez no se queja, tampoco la exhibe como una hazaña simplemente la dibuja, la hace traza  en lo real del cuerpo.

La crisis como ella la nomina se produce después de 12 años de trabajar en un laboratorio de productos de cosmética (Wella) dónde ella se destaca como la mejor de las vendedoras y cumple con todas las metas que se le solicitan. Asciende de este modo en premios y reconocimientos que la destaca de las otras vendedoras.

Ello le permite acceder a la postulación de un  premio que la empresa promete a aquella vendedora que alcance determinadas metas de manera sostenida en el tiempo. Ella ha cumplido con lo pedido e incluso más. Con la certeza de la adjudicación del premio que consiste en una visita a la casa matriz del laboratorio en distintos lugares del mundo ella espera que se le otorgue en señal de reconocimiento a su esfuerzo en la tarea.

Las vicisitudes de la economía se reflejan en un cambio de las políticas de la empresa que redundan en la abolición de lo prometido.

Virginia se «derrumba» , se deprime y pide ser despedida. Ella no puede quedarse un día más en esa empresa. Adelgaza porque no come y pide licencias hasta ser exonerada. Desde allí no ha vuelto a dejar de ser delgada.

Virginia tiene una hija de nombre bastante leve: su hija se llama Paloma.

Paloma nace fruto de una relación que mantiene con Hernán, su pareja por espacio de siete años con el cual convive.

Virginia a los 35 años decidió tener una hija más allá del deseo de Hernán. Este por otro lado nunca estuvo. Mantenía simultáneamente una relación con su esposa la que a pesar de las peticiones de Virginia nunca llevó a término.

Virginia sin embargo le cumplía hasta embararazarse, consecuencia de lo cuál se separan.

Hernán no obstante la «ahoga» visitándola a ella y a su hija a diario.

Ante estos excesos de consistencia, estos esfuerzos por consistir, Virginia, ahora Vicky decide «ser francamente delgada».

Delgadez de Vicky donde pulsa la pulsión de muerte en esto de desear nada como pulso a la inconsistencia. Pulsar de muerte en cuanto hace de la delgadez un verbo de la inconsistencia. Inco-existir  es inconsistir en Acto de hacer borde y límite al Goce fálico. Goce de nada, Goce de muerte en el Acto de rehusamiento de Vicky. En el Acto de Nada. Una nadería de consecuencias para la ética del sujeto deseante en tanto Vicky instale allí algo del orden de una pregunta acerca de su deseo. Relanzamiento del deseo al que el pulso de la muerte convoca. Pulso que teje y desteje la filigrana de la delgadez de Virginia.

Anida en la nada de la delgadez de Virginia un deseo que ella ha postergado permanentemente, el deseo de ser costurera, el de más bien de la alta costura. Aquél oficio que su madre ejerciera con la virtud de un ángel pero con la postergación del deseo por la urgencia de la supervivencia. Estigma permeado al oficio de la madre que le genera a Virginia la vacilación respecto de su propio deseo por tomar la aguja de su propia costura.

En chile el lugar de la costurera esta reservado a la miseria, al último recurso de la procuración del pan. Las metáforas conducen a las asociaciones de «pobre costurerita», «metete con cualquiera, buscate una costurera», «la costurera esa». Se asemeja a la lavandera, aquella que lava para otro, en este caso la que cose para otro. Representa a las que no tienen sino el ropaje de otra. Las piezas de la costura siempre remiten a la ajenidad y a la carencia. Paradoja la de Virginia en esto de buscar un oficio que no la «llene tanto» y al mismo tiempo sostenga una prenda aunque no le pertenezca. Inconsistencia de tener en la mano lo extraño. Objeto ominoso que sostiene simultaneamente lo heimlich y lo umheimlich.

En Sud-América Ceninicienta hubiese sido costurera. No hubiese tomado la rueca de la bella durmiente para encontrar a un príncipe. Las costureras no gustan del peso de las coronas, un sin-tillo es suficiente. Siempre hubiese sido tomar la aguja para coser lo ajeno y dar la puntada frágil a un salario demasiado delgado. Puntada que en Sud- América remite a la carencia, a la pobreza y casi siempre al hambre. Oficio de hambre el de la costurera donde de cualquier modo siempre algo alcanza para comer algo. No todo.

Oficio donde es posible gozar con los bordados y los pliegues de un traje de antemano perdido.

Repetición de Goce puntada a puntada, de un Goce mortífero, Goce femenino no todo. La costura no en vano es cosa de mujeres.

Los otros son los sastres, los modistos (que saben de modas), los artífices de corte y confección.

La costurera solo cose. Lo que ella ata prende siempre de un hilo. Goza allí de modo inefable en la pura perdida.

¿Por qué trajiste tesoros

si el olvido no acarrearías?

Todo me sobra y yo me sobro

Como traje de fiesta para fiesta no habida;

¡tanto, Dios mío, que me sobra

mi vida desde el primer día ![6]

Significante de la costurera, significante americano de la pura perdida, de un continente que adviene como donación a un navegante extraviado. Continente nombrado en la perdida.

Continente de poetas el nuestro, oficio de caída y perdida, punto de Goce donde pulsa el algoritmo de la muerte.

“el cuerpo joven, pero el alma  helada

sé que voy a morir, porque no amo ya nada”[7]

“Oh muerte en donde esta tu sitio predilecto

En que parte de mi cuerpo estas ahora

En que sitio del mundo tu nombre prevalece

Desde dónde te preparas a cortar mis raíces.»[8]

Vicky hoy es la delgadez significante de Virginia, nombre demasiado grueso, significante de una cera de pisos en mi país. Un nombre demasiado brillante, nombre que en los reflejos del encandilamiento de una imagen entrampada en el espesor de su propio fulgor debe caer. Adelgazarse y menguar en la imagen de una delgadez que pueda hacer de la imagen figura, que pueda hacer del significante pura letra.

Una letra vacía, letra que adviene en el intervalo de los ritmos del pulsar. Letra vacía que se inscribe en la suspensión del pulso,  entre paréntesis que hace límite a un objeto de nada. (a).

Intervalo de nada que la pulsión porta, la pulsión  en cierto sentido esta hecha de muerte.

Pulsión de muerte que desencarna en Vicky, otrora Virginia, en la repetición de un pulso, en el pulsar de una repetición que insiste en inscribir en el Wiederholungszwang el Otro Goce que el Inconciente soporta.

“Ven muerte tan escondida

que no te sienta venir.

Porque el placer de morir

No me vuelva a dar la vida”[9]

Formación sintomática que inscribe Vicky en el Real del cuerpo al modo de una marca que haga borde entre la letra y el significante. Delgadez que opera como línea de corte al Goce fálico. Delgadez que corta la imagen de la consistencia a la que el oficio de vendedora de productos de belleza la condenaba más allá de los oropeles, los brillos  y sus  reconocimientos concomitantes.

Así cuando pierde el premio opera en ella una función de desconocimiento, cae la imagen, cede lugar a la figura que se desdibuja en la traza de una línea. Hiancia que permite el relanzamiento, situar la inconsistencia de una pregunta acerca de su propio deseo.

Adelgazarse para preguntarse. Cambio de eje, de lo especular al inconciente. Desplazamiento de la mirada desde el lleno al vacío.

“Sea bienvenida la hermana muerte”[10]

Delgadez que permite situar la pregunta en cierto modo descaradamente, descarnadamente en el espesor de una delgadez infinita. Filo de muerte, Goce de muerte, orgásmico, la petit morte de los sensuales franceses.

Franceses que sostienen la consistencia de los encuentros en las fragancias de los perfumes, punto de liga fugaz y evanescente más allá de los intentos de fijación de los esmerados fabricantes. Poetas de aromas los franceses, poetas de carencia los nuestros, al fin y al cabo en Nada, parientes.

Después de esto ¡lo sé! ¡no queda nada!

¡Nada! Ningún perfume que no sea

diluido al rodar sobre mi cara.[11]

Delgadez, línea de goce donde en el devenir del análisis se espera pero no se desea por parte del analista, que Vicky de la puntada en la dirección del deseo de su enunciado. Deletree el deseo sin que ello devenga demasiado significante. Sostenga la letra y en ello ese lugar de desligadura significante.

“Guedejas de nieblas

sin dorso y cerviz,

alientos dormidos

me los vi seguir,

y en años errantes

volverse país,

y en país sin nombre

me voy a morir.”[12]

* Las cursivas son de Gabriela Mistral.

Que se construya un fantasma que no omita la desligadura (v). Que se confeccione un fantasma con una tela no demasiado gruesa. Más bien con una tela que tenga bastante caída. De ese modo será fiel a la pulsión en esto de dejar caer, en lo de morir, en lo de desear.

Morir, desear… esa es la cuestión.

En el umbral de la línea que la delgadez de Vicky insiste en sostener como pertinaz alarife, se inscribirán otras muertes, la del Otro, la del analista en el lugar del Otro.

El deseo de Vicky inaugura el funeral de su analista. Pregonera de una muerte anunciada la delgadez de Vicky en tanto actúe según su propio deseo, en tanto no ceda a su deseo de la costura, coserá la mortaja del analista,  o de otro modo, lo desvestirá para volver a revestir esa desnudez con una tela tan demasiado delgada que haga de ese paño una vestidura de nada. Por ello más que un vestido  aunque este tenga profusa caída, de una mortaja se trata. De la vestidura inconsistente de la muerte. Vestidura de nada.

Caída del analista dónde este a su vez hará  de costurero en lo que su oficio tiene de agujerear la tela. En esto de perforar la tersura demasiado tersa y espejeante de la tela.

Después de todo, oficio imposible el del analista, miserable oficiante de la muerte, ahíto de nada, pordiosero de la vida, poeta enamorado de la muerte.

«Soy el sepulcro hinchado de mis horas

Soy el siempre y el nunca

Poeta desde el fondo de tu naufragio

Saludaré tu naufragio poeta

Y leeré a los tiempos tu poema

Tu gran poema con un borde de fuego arrepentido

Tus secretos siguen tu destino

Maesytro del abismo y de las naves olvidadsa

Oye el saludo, del horizonte al horizonte

Es la muerte que se hace más grande que la vida

Al llevarse a un hombre de tan hondo universo.»[13]

Semblante de amante de la muerte te pareces a todos los amantes, te pareces al amante de  una profesora primaria en una tierra de carencias, que espejeando el rostro pobre de una costurera  da puntada en la escritura a unos sonetos de muerte que le hacen acreedora del premio Nobel.

“Se hará luz en la zona de los sinos, oscura;

sabrás que en nuestra alianza signos de astros había

y, roto el pacto enorme, tenías que morir…”[14]

[1] Huidobro, Vicente, «El ciudadano del Olvido», Lom Ediciones, Ediciones Ercilla , Santiago de Chile, Noviembre de 2001, 120 págs. Del  poema : » Esa angustia que se nos pega».

[2] Mistral, Gabriela, “Antología Poética”, de Adolfo Calderón, del libro “Tala”, poema “ País de la Ausencia”, Editorial Universitaria,Santiago chile, Septiembre de 1995, 208 págs.

[3] Mistral, Gabriela, “Antología Poética”, de Adolfo Calderón, del libro “Tala”, poema “ Dos Ángeles”, Editorial Universitaria,Santiago chile, Septiembre de 1995, 208 págs.

[4] Miguel Hernandez.

[5] Teresa de Jesús.

[6] Mistral, Gabriela, “Antología Poética”, de Adolfo Calderón, del libro “Lagar”, poema “La Abandonada”, Editorial Universitaria,Santiago chile, Septiembre de 1995, 208 págs.

[7] Miguel Hernández.

[8] [8] Huidobro, Vicente, «El ciudadano del Olvido», Lom Ediciones, Ediciones Ercilla , Santiago de Chile, Noviembre de 2001, 120 págs. Del  poema: » Esa angustia que se nos pega».

[9] Santa Teresa de Jesús

[10] San Francisco de Asis.

[11] Mistral, Gabriela, “Antología Poética”, de Adolfo Calderón, del libro “Desolación”, poema “ Éxtasis”, Editorial Universitaria,Santiago chile, Septiembre de 1995, 208 págs.

[12] Mistral, Gabriela, “Antología Poética”, de Adolfo Calderón, del libro “Tala”, poema “ País de la Ausencia”, Editorial Universitaria,Santiago chile, Septiembre de 1995, 208 págs.

[13] [13] Huidobro, Vicente, «El ciudadano del Olvido», Lom Ediciones, Ediciones Ercilla , Santiago de Chile, Noviembre de 2001, 120 págs. Del  poema : «Tríptico a Stephane Mallarmé».

[14]  Mistral, Gabriela, “Antología Poética”, de Adolfo Calderón, del libro “Desolación”, poema “sonetos de la Muerte”, Editorial Universitaria, Santiago chile, Septiembre de 1995, 208 págs.

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