Alex Droppelmann Petrinovic

Psicoanalista – Psicólogo Clínico

A la muerte de Rodrigo Santibáñez

Rodrigo te he venido a despedir desde la ausencia.

Te he traído las flores hoy extintas de la plaza de nuestros juegos infantiles.

Te he traído un puñado te tierra del patio de tu casa con la que construimos imaginarios escenarios.

Quiero convocarte por instantes a recorrer los pasillos de tu casa molestando a tus hermanos.

Quiero recorrer contigo las trazas infantiles de una morada extinta.

Quiero retornar a tu mano generosa aquella tapa de bebida que por ser única, extraña y exclusiva hacía de general de nuestros ejércitos.

La misma que me regalaste el día en que yo te deje ser Orlando el Furioso en un duelo de espadas de madera.

Quiero consolarte tendiendo mi mano de niño intentando consolarte por la muerte de tu padre.

Quiero sostener tu mirada de asombro por intentar entenderla desde un mundo donde la muerte no existía.

Quiero tocar el timbre de la casa de los Harboe y escondernos por última vez.

Quiero arrendar mi Víctor.

Quiero recoger tapitas de bebida esparcidas en el suelo para convertirlas en soldados aguerridos en nuestros juegos infantiles.

Quiero abrazarte con el mismo afán con que abrazamos a la Chola.

Quiero asistir llevados por el mozo de turno a los combates de box de un derrumbado coliseo.

Quiero sentarme en esos asientos de madera que olían al almizcle de orines y alcohol.

Graderías degradadas de espectáculos demasiado empobrecidos.

Quiero afrontar el desafío con el hijo del almacenero de la esquina y ver el orgullo en tu mirada por haberlo vencido.

Quisiera que el tiempo se detuviera en la filigrana de nuestra  pureza e inocencia.

Pero el tiempo nos lleva de la  vida a la muerte.

Los gritos lúdicos de la algarabía de nuestros juegos infantiles se apagan en el silencio oscuro de la muerte.

Muerte que a pesar de la experiencia de su repetición hoy cada día más presente nos deja mudos y perplejos.

Quiero recordar la tierna severidad de tu madre por las imitaciones de los cantos de ancianas piadosas en el mes de María.

Quiero que retorne la misma piedad hoy en el día de tu muerte.

Que retornen esas letanías de piedad y de consuelo al despedirte.

Quiero decirte que estas palabras son también el modo en que los vivos le ganamos a la muerte.

A la tuya

Venciendo al olvido y haciéndote vivir en el recuerdo inextinguible de nuestros juegos infantiles.

Señor Dios que sé que existes pero que del cual me olvido fácilmente.

Dime que invitarás a Rodrigo tu hijo bondadoso, dime que le devolverá la inocencia y los afanes infantiles para que pueda jugar con los ángeles.

Dime que podrá recrear ahora juegos cósmicos. Que recorrerá espacios eternos, siderales e infinitos.

Que permanecerá en ellos hasta siempre.

Dime que a la hora de mi muerte podré volver a encontrarme jugando con él como lo hice de niño.

Dime que volveremos a construir ciudades con polvos siderales, que coleccionaremos estrellas recogidas desde el cielo.

De seguro que el guardará alguna extraña, diferente y única para donarla como cuando lo hizo conmigo cuando niño.

Dime señor que lo acogerás en tu amparo como lo hicieron sus padres para que esta vez el tiempo no transcurra.

Te lo pido para de esa manera no olvidarlo y al menos me quede en su ausencia la certeza que vivirá para siempre mientras viva en las huellas de mis recuerdos infantiles.

Rodrigo seguiré jugando en tu ausencia.

El juego será esta vez nunca olvidarte.

Tu mejor amigo de la infancia

Alex

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Esta entrada fue publicada en 28 agosto, 2015 por .
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