Alex Droppelmann Petrinovic

Psicoanalista – Psicólogo Clínico

“Juan Mirada…Vigía de Nada”. Un caso de psicosis urbana.

Juan Mirada como he de llamar a un psicótico de los que hace un tiempo denomino psicóticos urbanos, por la condición de habitar  distintos modos la ciudad. Por tener un cierto “lazo” con cierto barrio, esquina o lugar. Pero lo de urbano, que alude en cierto modo a urbanidad tiene que ver con esto de habitar la ciudad y no un hospital psiquiátrico los cuales en la mayoría de los países constituyen un lugar de encierro, de resguardo pero al mismo tiempo de privación de libertad.

Son psicóticos que están en la ciudad, quizás no la habitan ni hacen de los espacios que ocupan algo así como una morada al decir de Heidegger. Eso sería atribuirles una subjetividad que no procura o no alcanza a sostener la estructura que los determina.

En otras publicaciones he aludido a estos psicóticos en general, desarrollando el concepto de Sinthome del cual habla Lacan.

He podido dar cuenta como muchos de ellos advienen a un nombre posible sostenido en la reiteración que el otro del semejante les adscribe e inscribe en el cada vez de su enunciado.

Nombre que los inscribe en el imaginario ciudadano. Que les da un lugar que el otro del semejante le fía, le presta o le adscribe. Nombre del cual las más de las veces el psicótico lo reconoce en la filigrana de su propia impropiedad pero que finalmente si bien no lo representa, al menos lo señala.

El Pata de cuete, el Hombre de negro, Manolo el bombero, Tulio o el elemento, el Miraflores, son algunos nombres de psicóticos urbanos cuyas historias he ido consignando en el tiempo en el afán de intentar dar cuenta de la belleza de sus historias como asimismo teorizar acerca de la cuestión del Sinthome a partir de la lectura de Lacan.

En general han sido a veces ellos mismos quiénes se han dado algo así como una autonominación, que los otros del semejante sostienen en los encuentros que la rutina de sus paseos o trabajos facilita, un saludo o una alusión a ese nombre que opera como presentación. Porque hay que decirlo, estos psicóticos generan un circuito, una cierta ruta espacial a ser recorrida cada día muchas veces con una cronología o rutina que asombra por su regularidad.

Probablemente dichos circuitos están favorecidos tanto en sus horarios como en sus lugares por las limosnas, las ayudas, los cobijos. Es así como un psicótico partía el día al lado de una panadería para ir a la hora de almuerzo a un parque donde oficinistas y personal de todo tipo hacen un alto en sus labores a la hora de colación.

Más allá, la sombre de un árbol servía para la siesta, en fin.

Circuitos por donde van (vale la redundancia) circulando con la ortopedia de un nombre que el otro del semejante le sostiene en un cada vez. Circuito que le permite por esta función de reconocimiento del otro renovarle en un cada vez un nombre que se instala en la diacronía del aquí y el ahora.

Algo así como un pasaporte a renovarse en el puro presente.

Pero las más de las veces, es esta ortopedia de un nombre de presentación el que les permite tener algo así como un re-conocimiento en un cada vez.

Ortopedia de un nombre, cuarto nudo al decir de Lacan tejido en esta nominación precaria sostenida en espacios constreñidos y acotados, de modo que esta operación se pueda verificar por el reconocimiento del otro social.

Nombre que al menos logra mejores efectos que el propio, el que verdaderamente está inscrito en su cédula como un referente vacío, inasible.

Es común que ellos porten copias de documentos que acrediten su nombre oficial, el cual repiten letánicamente al ser requeridos por su identidad. Lo repiten por fuera de cualquier efecto de significación. Lo recitan como una letra muerta.

Pero lo real de esos papeles, su materialidad les confiere algo así como un lazo a un lugar perdido.

Un referente a la puerta del bosque donde se pierden los nombres como en “Alicia detrás del Espejo”. Pero ellos no salen del bosque y si lo hacen es sin nombre, sin posibilidad de un nombre que los represente por una condición de su estructura.

En esta inmensidad cósmica los apodos, nominaciones precarias o nombres alusivos a la función que intentan sostener, enhebra la puntada posible para que el cuarto nudo ate o remende precariamente lo que no advino en la estructura.

Es así como el hombre Basura se presenta envuelto en bolsas de basura y se hace rodar cada cierto tiempo, se arroja como un resto sin valor en la acera. Cabriolas que lo hacen rodar como basura para quizás conjurar la angustia de no poder advenir en uno y alguien. La cosa presentada en un nombre es preferible a la imposibilidad de tener un nombre que no lo represente.

A veces son alusiones a lugares los que logran tejer ese lazo, aunque siempre con el otro social.

El psicótico que a la salida de la iglesia de las Mercedes saludaba a todo el mundo como vuesa merced. O de aquél predicador apocalíptico que predicaba en la esquina de la calle Salvador con Providencia en mi país.

Lazos precarios las más de las veces en algún punto poéticos o quizás solamente homofónicos pero de cualquier modo le permiten a los distintos psicóticos urbanos de los cuales comento, sostenerse en una presentación, en espacios acotados de la ciudad y en recorridos rutinarios que arman y desarman al modo de la percepción una feble pero posible categoría espacio temporal.

Instantes siempre sincrónicos que se arman en el acto de su mismo recorrer, ritmos que arman el tiempo en el antes y después de la verificación de su propia sincronía.

Circuitos de puro presente pero circuitos al fin.

Y es en la construcción de estas sincronías donde el nombre le genera una función de reconocimiento que anula o atenua esa función de desconocimiento consustancial a su estructura.

Cuarto nudo. Nudo de remiendo. Fugaz las más de las veces pero que alcanza a una presentación en la reiteración de un tiempo diluido y en un espacio que no alcanzan a habitar.

No obstante circulan, se les llama, se les recuerda en el imaginario ciudadano y popular, las más de las veces su ausencia se hace notar.

He querido hasta aquí insistir en la cuestión del nombre, de cómo ese intento de presentación puede atar en ese cuarto nudo algo así como una presentación por parte del psicótico y una representación por parte del otro del semejante que lo nomina.

Lazo que permite en el juego de presentación-nominación armar un Sinthome que permite una función ortopédica de un nombre posible.

Psicosis que como en una sutil filigrana rozan una cierta tangencia a una subjetivación posible.

Pero el tejido de esta trama, el armado de este Sinthome al cual he hecho referencia en la mayoría de estos casos alude a la cuestión de un nombre posible. Intentar recubrir con lo simbólico donde ello por estructura se encuentra forcluido.

Es decir un intento de restauración de lo simbólico.

Pero la observación de otros psicóticos urbanos, al parecer más malogrados, por ello rápidamente incluidos en la categoría de organicidad, al parecer pueden generar a partir de un intento de restauración imaginario otras formas de instalar un cierto rasgo de subjetividad.

Otro modo de armar un Sinthome a partir del imaginario.

Un intento de restituir algo del sujeto por la vía imaginaria que ya no por la cuestión de un nombre.

¿Alcanzará, paradojalmente esta mirada a dar cuenta de un tejido de un cuarto nudo?

Me refiero a los psicóticos que simplemente “ocupan” un lugar en la ciudad.

Que no dicen nada, no se autonominan, que no enhebran un delirio que corrobore una cierta función posible.

Psicóticos que contagiados de la psicosis colectiva de los tiempos en esto de ser mudos, no hablan o lo hacen muy poco.

No en vano han proliferado los hombres estatua en las ciudades que generan la atención y cautivan como un señuelo la mirada de los transeúntes.

Sujetos que se dan a ver y que cautivan como lo hace la mirada hoy día en todos los ámbitos. Donde la palabra se oblitera, donde ella claudica, la mirada con menos trabajo, con menos afán y sin riesgos de fractura viene a reemplazarla por la percepción, por lo que se da a ver.

Por lo visto.

Las catatonias de posición en los hospitales y sanatorios psiquiátricos (que no sanaban nada) como aún se denominan en algunos lugares de nuestro continente también cautivan como los hombres estatua.

Es esa congelación del ser lo que cautiva y actúa como señuelo al otro.

En el caso de los hospitales se trata de enfermos en general de larga data y muy fracturados.

Pero la ciudad acoge en su diversidad muchos psicóticos que sólo ocupan un lugar.

Sostienen la función de estar estando.

Voy a relatar la historia de Juan Mirada para posteriormente intentar hacer alguna disquisición teórica que dé cuenta de esta otra forma de ortopedia, de una modalidad diferente de puntada en esto de generar el cuarto nudo del Sinthome al que alude Lacan.

Juan, ya que así ha circulado míticamente en los locales del barrio, en el decir de los kioskeros, en el aseador de la mañana de esa calle, en las enfermeras que se instalan con ancianos a tomar el sol al lado de él a mediodía. De las cuidadoras que arrastran sillas de ruedas con enfermos que al parecer toman sus últimos aires, en ese lugar de árboles y jardín que constituye una esquina cualquiera de mi ciudad.

Allí religiosamente, cronométricamente llega Juan a ocupar un escaño día a día. El mismo escaño y el mismo lugar en él.

Queda mirando a los automóviles, buses y paseantes que se dirigen a sus tareas y rutinas cada día. Escenario que cambia con las horas a distinto tipo de personas, frecuencias de tránsito, diversidad sonora e incluso de los olores de las flores.

Al mismo tiempo, al frente de la calle hay un morro con plantas y jardines, con una fuente de agua como monumento a una hermandad imaginaria con la república de India.

Allí se instala Juan con una mirada permanentemente vacía.

Se instala más que a mirar a percibir, a atender con la mirada los hechos que se presentan y desvanecen ante unos ojos claros, oceánicos por lo permanentemente vacíos

Juan se sitúa como un vigía de Nada. Ve y no mira. Hay que ver diría uno.

En algunas ocasiones y viendo que el acoge con entusiasmo los bocados que le ofrecen los que ocupan de forma más permanente dicha esquina, le he propuesto almorzar con él. Cuestión que él ve con entusiasmo.

Así compré unos emparedados y me senté a su lado a compartir una merienda de medio día. Esbozó una sonrisa, lo devoró con una mirada perdida y terminando de comer me dijo: me gustan las empanadas, cuestión que más tarde me corroboraron las empleadas de la panadería cercana.

No le pedí palabras y la interacción fue sólo estar al lado. Ni más ni menos que ocupar un lugar. El silencio entre ambos y el legítimo cansancio hizo que me quedara yo a mi vez sentado, silente y mirando al vacío.

¿Qué mira Juan?

Nada.

¿Qué ausculta como celoso vigía siempre en el mismo lugar?

Nada, Juan como vigía de nada no obstante en esto de estar estando genera un efecto en el otro.

Porque Juan no está de cualquier modo, Juan mira nada y vigila nada.

Es esta función de vaciamiento de estos psicóticos la que genera en los otros una necesidad de llenar con su propia mirada ese lugar demasiado vaciado.

Pasa mucha gente que lo saluda día a día, cuestión a la que el responde con un leve movimiento de cabeza, esbozando un gesto: el  de una mirada vacía.

Los moradores habituales, como también los usuarios frecuentes de ese espacio se preocupan de no ocupar nunca su lugar. Es el lugar de Juan les he escuchado decir.

¿Qué juan les he preguntado?

De ese hombre que se sienta en ese lugar del escaño. De ese hombre que siempre está allí. Que siempre viene. Que lo hace diariamente. Los domingos no va Juan, de seguro hay menos gente, no ocurren muchas cosas, no habrá nada de nada que ver pienso yo.

Probablemente el otro del semejante, el pasante, ante horror que provoca tal vaciamiento de la mirada de Juan colma la angustia que esto le genera en gestos de saludación, en sonrisas empáticas, en pequeñas donaciones de todo tipo.

Conjuran la angustia en incómodas proxémicas, les permite generar donaciones imaginarias, elicitan su acto diario de bien al prójimo, envidian la vida que se les extingue, alientan en el saludo la suma de una amistad imposible.

Son muchas cosas las que ocurren a partir del imaginario del otro social, que ante la Nada a que Juan los convoca generan un sostén imaginario para Juan. Es en ese sostén donde se teje la hebra de un cuarto nudo que arma un Sinthome. El de Juan Mirada. El de un ser en el des-ser.

El de ser alguien en la Nada.

Juan testigo de vacíos oceánicos le arma a los otros un nudo imaginario en el afán de cubrir esa nada a la que nos convoca.

Le sostiene, cuida y reconoce ese, su lugar, el del vigía.

Lugar de percepción vacía que hace que el otro no pase sin verlo, es más convoca a que el otro lo constituya desde su propia mirada

Nudo esta vez no de nominación. Sinthome no anclado a la ortopedia de un nombre vacilante. Nudo especular que en la díada a-a` le retorna a Juan una imagen en la mirada del otro que aunque a él no sabemos en cuanto lo constituye. En qué medida le genera una función de reconocimiento.

Es así que Juan vuelve día a día a buscar esa mirada constituyente que se diluye de seguro en las marismas de la obscuridad. Por ello apenas amanece, muy temprano camina Juan a su lugar en el escaño, a sentarse a ver nada.

Por lo visto viene a ver quizás lo que él no puede ver.

Juan sólo viene en la imposibilidad que le retorna no ver nada…a ser mirado por el otro.

Juan pasa de ese modo de Juan a secas a Juan Mirada como a partir de la insuficiencia de la mirada yo lo he querido nominar en este acto de escritura.

En los casos de nominación a los que hago referencia lo que suple un cuarto nudo es algo del orden de un corte no advenido, para de ese modo intentar sostener el hilván de una representación. Algo así como de soslayar y suplir una operación paterna no verificada.

En el caso de Juan se trata que la mirada juegue su lugar instituyente al modo de un precario, borroso y craquelado espejo.

Sinthome que en su artificio, que en su ortopedia, intenta operacionar aquellos actos instituyentes que no posibilito la estructura y en ello mal sostener una cierta subjetividad posible.

Los psicóticos urbanos, los locos de la ciudad tienen en estos lugares que el otro social les sostiene, la oportunidad de atar algo respecto de ellos mismos : hacer lazo social en el lugar.

Son locos lindos que no desatados.

Una posibilidad a pensar esta de dar lugar a la locura en la ciudad para que en los lazos que ello genere algo se enlace.

Esto a partir de la teorización del Sinthome que viene a rescatar a la psicosis de un lugar ignoto.

Cuarto nudo que ata al loco más allá de la condición de estructura.

Formas de hacer otra cosa con la psicosis.

Si Pinel quitó las cadenas que los ataban en la Salpetierre.

¿No será hora de urbanizarlos?

Quizás sea el momento de dejar que se instalen en las ciudades,  en la certeza que estas a pesar de todas las miserias y desnaturalizaciones a las que se hacen acreedoras, soportan mejor, es más, recatan ese lazo auténticamente humano de vivir con otros.

Reviven  el afán de Robinson Crusoe al ver la huella de quién más tarde nomino Viernes.

¿No será la cuestión de enhebrar estos nudos en precarias restituciones simbólicas o imaginarias en la trama de nuestras ciudades, lo que les permita ser locos urbanos en vez de locos sueltos?

Los hospitales e instituciones psiquiátricas tan solo atan a los psicóticos a estos lugares de reclusión cuando paradojalmente la ciudad en su insuficiente urbanidad tiene la capacidad de acogerlos, nombrarlos, mirarlos y por sobre todo no olvidarlos.

Rescatar a un psicótico aún en  los precarios lazos aquí esbozados en la casuística exhibida.

Permitirles y favorecer la construcción de un Sinthome que en algo los subjetívese y les dé  un lugar allí en donde pertenecen, puede ser o no una opción posible, pero nos remite a un acto profundamente social: un acto de humana urbanidad.

Al fin y al cabo lo que ocurre en las ciudades es que son habitadas por hombres.

Acogen la vida de los que las habitan.

Allí intenta construir el hombre su morada.

Amanece nuevamente en la ciudad.

Un hombre, Juan, camina para sentarse en un escaño como lo viene haciendo día a día hace ya mucho tiempo. De seguro envejecerá en ello.

La gente que circula trata de llenar imaginariamente el vacío de la percepción vacía  de Juan.

Paradojalmente lo mira y con ello le instituye un lugar.

El de Juan…Vigía de Nada.

Hace unos años cambié mi consultorio de lugar. Transito otros barrios donde he conocido a otros psicóticos urbanos. De ellos probablemente seguiré recogiendo sus historias las que espero publicar en un libro.

Tienen otros nombres. Hay uno que cada tanto reza y hace genuflexiones en posición de oración

Le llaman el orador.

Alguna gente le da pequeñas limosnas como si se tratará de un  lugar de culto. Quizás en la esperanza que lo contemple en sus oraciones. Nunca se sabe.

Yo a veces, muy de cuando en vez, tomo el subterráneo, voy donde Juan, lo saludo.

Me mira como si nada

Yo le tiendo un pedazo de papel con una servilleta y le regalo una empa-NADA.

El ve el envoltorio, lo abre como si Nada.

No me da las gracias pero que afán tendría si de seguro yo le diría de NADA.

Yo le llevo sólo una Empanada, para de ese modo no colmarlo demasiado.

Algo me dice que Juan Mirada no quiere completarse.

¿De ser así?

De completarse.

Seguro perdería la mirada del otro, sin ella él se convertiría en Juan- nadie, algo así como nada.

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Esta entrada fue publicada en 22 agosto, 2015 por .

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